Diferentes opciones (del banquete de Platón)

Mayo 31, 2007 at 2:58 pm (Relatos, por Oldri)

Primitivamente había tres especies de hombres, unos todo hombres, otros todo mujeres, y los terceros hombre y mujer, dos Andróginos, especie en todo inferior a las otras dos. – Estos hombres eran dobles: dos hombres unidos, dos mujeres unidas, un hombre y una mujer unidos. Estaban unidos por el ombligo, y tenían cuatro brazos, cuatro piernas, dos semblantes en una misma cabeza, opuestos el uno al otro y vueltos del lado de la  espalda, los órganos de la generación dobles y colocados del lado del semblante, por bajo de la espalda. Los dos seres unidos de esta manera, sintiendo amor el uno por el otro, engendraban sus semejantes, no uniéndose, sino dejando caer la semilla a tierra como las cigarras. Esta raza de hombres era fuerte. Se hizo orgullosa y atrevida hasta el punto de intentar, como los gigantes de la fábula, escalar el cielo. Para castigarles y disminuir su fuerza, Júpiter resolvió dividir estos hombres dobles. Comenzó por cortarles haciendo de uno dos, y encargó a Apolo la curación de la herida. El dios arregló el vientre y el pecho, y para humillar a los culpables, volvió el semblante del lado en que se hizo la separación, para que tuvieran siempre a la vista el recuerdo de su desgracia. Los órganos de la generación habían quedado del lado de la espalda, de suerte que cuando las mitades separadas, atraídas por el ardor del amor, se aproximaban la una a la otra, no podían engendrar: la raza se perdía. Júpiter intervino, puso estos órganos en la parte anterior e hizo posibles la generación y la reproducción. Pero desde entonces la generación se hizo mediante la unión del varón con la hembra, y la sociedad hizo que se separaran los seres del mismo sexo primitivamente unidos. Sin embargo, en el amor que sienten el uno por el otro, han guardado el recuerdo de su antiguo estado los hombres, nacidos de hombres dobles, se aman entre sí; como las mujeres, nacidas de mujeres dobles, se aman a su vez; como las mujeres, nacidas de los andróginos, aman a los hombres, y como los hombres, nacidos de los mismos andróginos, aman a las mujeres.

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“El comercial, una historia real”

Mayo 30, 2007 at 10:00 pm (Relatos, por Oldri)

El vendedor transfer conduce un “Mondeo”, lleva unas gafas de sol “Ray-ban” y calcetines de ejecutivo. Me abre la puerta como un chofer inglés y me mira las piernas como un paleta español. Me cuenta su vida mientras el coche va tragando asfalto, tres niños, una mujer con la que, me aclara, no se lleva muy bien y un caniche que se hace pipí en la alfombra del comedor. ¡Que vida más apasionante!. Me sonríe de lado a lo “John Wayne” y mete la quinta, yo voy haciendo que le escucho y disfruto del paisaje, el sol se enrosca en mi regazo como un perro gandul y me pican las rodillas debajo de mis medias de espuma negra talla mediana. El vendedor transfer me pregunta si tengo novio, le respondo que si, me dice que no sea tonta, que disfrute de la vida, que si él volviera atrás otro gallo cantaría…. ¿Qué hago yo aquí con este vejestorio al que le huele el aliento a leche agria?, vaya si sé lo que hago, vendiendo de tienda en tienda un suavizante capilar bautizado con el estúpido nombre de “brillolín”, ”que da más brillo y huele a jazmín”, ¡ay el dinero!. El vendedor transfer detiene el coche delante de una droguería, el freno de mano emite un rugido seco, el tipo me mira: -¡Tu primer cliente!. Me deja salir delante de él para mirarme el culo, ¡lo siento chaval lo tengo plano! pienso y me tiro de la falda. La tienda tiene aspecto de cueva, es oscura y huele a humedad, los productos se agolpan en las estanterías metálicas, en el suelo cortando el paso y colgados del techo como murciélagos etiquetados. -¡Sra. Piñata!, le presento a mi colaboradora, viene a enseñarle el nuevo suavizante “Brillolín”, ”que da más brillo y huele a jazmín”. Dice el vendedor con un tono estridente y sobreactuado.
La Señora Piñata, como su nombre indica, tiene unos dientes largos y en desacuerdo, me sonríe y el labio superior se le queda trabado en la encía. Me tiende la mano, fría y mustia y le doy un apretón generoso para ver si despierta de su letargo, abre mucho los ojos, creo que le he clavado los anillos. -¡Encantada! Miento como una bellaca. -¡Usted dirá! dice escondiendo las manos tras el mostrador. -Bueno, más o menos él ya lo ha dicho todo. Miro al vendedor a ver si pilla la indirecta y la próxima vez me deja hablar a mí, pero él sonríe satisfecho. ¡Es un suavizante que aparte de facilitar el peinado del cabello le aporta un brillo excepcional y… La señora Piñata me corta. -Es que suavizantes para el pelo tengo muchos y no me interesa. -Si pero este es el mejor, además está prevista en televisión una campaña publicitaria en la que se han invertido… La señora Piñata vuelve a cortarme. -Si maja, pero ya te he dicho que no me interesa. Se pone seria y rígida. -Ahora además le sale muy bien de precio, por ser un lanzamiento. Insisto yo, tragándome las ganas de decirle: -¿No lo quieres?, pues venga, ¡a tomar por culo! -No de verdad niña, será muy bueno y todo lo que tu quieras pero no lo quiero. -Pues no se hable más. Sentencia el vendedor con una sonrisa de oreja a oreja. -¿Qué le hace falta señora Piñata? ¿Desodorantes? ¿Depilatorios? Añade sacando de un maletín de cuero negro un bloc de notas. -Sí, ponme una caja de doce “Depila-ya”. Dice la señora con la mirada clavada en la estantería. Subimos al coche, el vendedor me sonríe y me dice: -Ya sabía yo que la señora Piñata no te iba a comprar, es muy desconfiada con los productos nuevos, no le gusta arriesgar. Le sonrío pensando que me podía haber avisado antes y me cago en su padre, mentalmente, claro. -Ahora vamos a visitar al señor Caspín, este tampoco te comprará, es muy tacaño, ¡como es catalán! Añade guiñándome un ojo, me cago otra vez en su padre y esta vez en catalán. 

El Sr. Caspín me cuenta el vendedor mientras conduce cometiendo todas las infracciones posibles y las que son casi imposibles, me cuenta que el susodicho está forrado pero que le cuesta soltar un duro al muy cabrón, desde que su mujer le dejó colgado y se largó con la mitad de sus ahorros y con el encargado del súper, desde entonces dice el vendedor, pues normal, el pobre hombre está muy quemado porque mira que tu mujer te abandone pues aún, pero que lo haga por irse con un mocoso de tres al cuarto, eso tiene que ser jodido, aunque bueno su mujer siempre ha sido un poco puta, a mi cada vez que me miraba me comía con los ojos… No soporto a este machista engreído, estoy histérica y le pregunto si puedo fumar, me responde con un no rotundo y luego suaviza su actitud añadiendo que si quiero nos podemos tomar un cafelillo. No sé qué tendrá que ver, lo que me faltaba, un “cafelillo”. Llegamos al bar, un letrero torcido reza “Entre pitos y flautas”, La mujer que hay detrás de la barra lleva una bata a cuadros con volantes en los hombros, me mira con tristeza, le pido un cortado y el vendedor pide un vaso de vino y un bocadillo de anchoas y me dice: - No me eches mucho de menos, voy al lavabo. Me guiña un ojo y se aleja. La dueña del bar se acerca y me dice en voz baja: - ¿Cuánto tiempo has de estar con este cabrón?-Una semana. Le contesto removiendo el azúcar en el cortado. - Que no te pase ná… Dice secándose sus manos regordetas en el filo de la bata. La otra vendedora le denunció por acoso secsual ¿sabes?, yo a los tíos como este los estilizaba. Sonrío por el mal uso del verbo y asiento con la cabeza.

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relato Y ( no llega a X)

Mayo 30, 2007 at 9:03 pm (Relatos)

Dormía a mi lado, el antebrazo sobre los ojos para evitar la luz, su sola presencia me resultaba un problema para conciliar el sueño, la imaginación me jugaba una mala pasada y me costaba darle un ritmo regular a mi respiración, aquello iba más allá de un deseo incontrolable, soñaba el calor de su cuerpo acercándose y como el aire de su aliento empujaba mi nombre como un ejército de hormigas que ascendía con el vibrato de sus labios por mi cuello, sus manos llevándome hacia ella desde mi cintura, su pie tirando de mis piernas arrastrándome sin palabras. Conocía su olor de otras noches, aroma a tarde de verano, a pan recién horneado, a mandarina, a ropa que se mece en azoteas, a ilusión. Nunca me besaba, salvar esa distancia suponía para ella un riesgo, acaso una certeza, sería cruzar un puente que iría deshaciéndose a su paso, un camino sin vuelta atrás, para mi  esa muestra de cercanía total era la puerta que debíamos cruzar para que mi sueño fuera posible. Pero nuestros sueños eran dos fieras atadas por la cintura y cada una tiraba descompasadamente en una dirección. Abrazarla era salvarme, no sentía esa sensación de paz absoluta de ninguna otra manera, su abrazo era lo más parecido a una larga siesta, la siesta de mis miedos. Ella evitaba cualquier contacto físico conmigo, se recogía en el extremo del colchón, su cuerpo bien envuelto en la ropa de cama, yo era egoísta y buscaba entre los pliegues de las sábanas su piel, igual que un preso busca entre las sombras de los barrotes un trozo de azul.

Empieza a llover miro por la ventana para que no veas como se me llenan los ojos de lágrimas, una pareja se besa bajo una cornisa de uno de esos edificios majestuosos, tu nunca me besabas, tu piel sobre mi piel, mi mano bajando por tu abdomen, desandando el camino y volviendo a tus pechos, mi muslo en tu sexo, el tuyo buscando el mío, y un balanceo suave de vértigo de azúcar que gira y nos viste de sonrisas y te hace entornar los ojos.-¡ No me mires!. Y yo buscando entre los puntos suspensivos que dibujan mis pestañas tu boca, soñando un beso.

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MI BARRIO

Mayo 30, 2007 at 7:18 pm (General)

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Vivo en un barrio curioso, lleno de extraños acontecimientos, en mi calle no hay ni una tienda abierta, bueno miento, una mercería con bragas de tallas imposibles, extendidas como velas de barcos piratas en el escaparate, al entrar al establecimiento, he de esquivar una estufa de butano, y pasar entre las delgaditas piernas de tres abuelas, es como hacerle un “dribling ” a un canario, luego la señora Mercedes (deberían haberle puesto a la tienda “mercedía” ) me mira por encima de sus gafas de vista cansada y me pregunta por la salud de toda mi familia, las abuelas giran el cuello hasta que oigo un “crec” en sus cervicales, para darle un repaso a mis pantalones de bajos hechos jirones, a veces se santiguan, otras susurran en voz alta “es la hija La Lola”, “La Solterona”. La señora Mercedes siempre se empeña en venderme medias de licra, de esas acartonadas que se quedan un poco por encima de la piel dejando que pase el aire. Tiene una libreta donde apunta la gente que le paga a plazos y es impensable pagar con tarjeta, lo que no tiene esa mujer en la zona es competencia, entrar en su local es como atravesar a otra dimensión, es la máquina del tiempo, debe desconocer la frase “renovarse o morir”.

Lo que sí hay en mi barrio es bares, uno en cada esquina, los bares a mi barrio son como el Corte Inglés a Madrid, ves en los árboles delante de estos bares perros atados, se ve que lo de sacar al perro es una excusa fantástica para desaparecer de casa, lo que no entiendo aún es la gente que saca a pasear al pájaro, hay una zona pajaril junto a la plaza, les hacen hasta una funda a las jaulas, tunean jaulas, los más intrépidos con estampado de leopardo, que si el pájaro tiene instinto ha de estar todo el dia disimulando y sin cantar por miedo a que le devore ese gato gigante, los fanáticos visten la jaula con la bandera de su equipo, se sientan a fumar y dejan sus pájaros ordenados en fila sobre el muro de la plaza, como se entere el Ayuntamiento me los veo ideando zona azul pa jaulitas. En mi barrio no hay policía, bueno una mujer que parece que va disfrazá porque los pantalones del uniforme le van cortos y estrechos y la gorra le va grande, creería que sólo es una figurante si no fuera porque vi su firma garabateada sobre una multa en mi limpiaparabrisas, porque en mi barrio no hay aparcamiento y cada noche dejo el coche en un paso de peatones, así que cada mañana intento madrugar más que ella para retirarlo, un día me dormí , si.
Pero mi barrio es precioso, me asomo a la ventana y enciendo un cigarro, miro los tejados cada uno a una altura, las fachadas de colores que desentonan y la ropa tendida, precioso si, voy a disfrutar de estas vistas inigualables … wercome tu Casablanca.

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relatillo pseudoerótico

Mayo 30, 2007 at 7:18 pm (Pensamientos, poesía desnuda)

EL Círculo Azul.

Salía sin reloj, también entonces, cuando poco acostumbrada a la presencia de mis padres durante las veinticuatro horas del día, escapaba de sus juegos impuestos a batir marcas en la maquinita de pacman del bar de la esquina. Ahora, unos veinte años después, me sentía otra vez como el líquido gris y encerrado en una botella de plástico que distintos actores agitaban a golpes contra las cuatro paredes de una habitación. Eran las cuatro de la tarde y los cuatro rostros seguían encajados en el recuadro del televisor de la cuadrada habitación, del cuadriculado hotel en que habían decidido enjaularnos. Había intentado escribir algo, pero la cuadrícula del papel parecía ya una burla, así que, casi sin pensarlo, me vi rodando calle abajo de aquel pueblo con mar.

El día era claro y el cielo lloraba tintes de mil colores que tapizaban a lado y lado el túnel gris por el que me deslizaba, calle abajo. Pensaba en eso, en el trasfondo gris de la realidad, en la ilusión de los colores, en cómo mi cabeza se agitaba y los entremezclaba en ese gris indefinido e impenetrable, cuando llegué, me descalcé y bajé hacia la orilla de la playa.

Ya sobre la arena, fijé la vista en la línea infinita entre el cielo y el mar. Era bonita, aunque tampoco fuese real y significara solo que la tierra que los hombres se empeñaban en limitar entre ángulos rectos de leyes y paredes, era redonda y anárquica. Tal vez por eso resbaló mi mirada hacia la orilla, donde lejos, distinta del resto, una figura avanzaba despacio hacia el agua. Pequeña, débil y desnuda, sometía su cuerpo al poder de las olas. Hacía calor y de alguna forma, comencé a envidiarla. Ahogaba, con los suyos, mis miedos. Deseaba por momentos, más que nada en este mundo y sin saber muy bien porqué, dejarme fluir, escapar de la jaula, abandonarme a un sueño, sentirme un poco mar. Cerré los ojos, me dejé llevar…

“Deja que trace, en el lienzo de tu cuerpo, un camino sin retorno; que insinúe en tus labios los destinos, los pasos, las paradas, la sed. Que beba en cada una de tus fuentes el fluir de las aguas que me diluya la sal. Conviérteme en manos que nos paren el tiempo entre las manecillas de tus dedos; en suave piel que se deslice entre tu carne; en árbol que arraigue en tu pelo. Desnúdame a tu lado, quiebra mis cristales, destruye mis edificios. Deja que me haga río para abrazarte en mi recorrido; que cambie el don de mi inmensidad por encerrarte en mi cuerpo de charca. Líbrame del aire, de la condena de las olas que intentan, desde el principio de los tiempos, arrancarme de cualquier presencia. Que tu cuerpo me arranque la soledad.

En tu vientre germino, crezco, me transformo, me moldeo en la vida que no he sido. Por desatarme en tus caderas del nudo que me ahoga, del cordón no umbilical que no elegí. En tu sexo me enredo, en el perfecto hilo desde tu centro de agua a mi centro de agua. Deja que entremos, entra conmigo, déjame entrar…

Por tu placer, que ya es el mío, dame la vida. Y que estallen tus olas, ya para siempre, entre mis dedos.”

Ya no estaba cuando desperté. Seguíamos solos, yo y mi cómplice mar. En el cielo, el tiempo suspendido se desplomaba sobre mi cabeza. Como si pudiera así esquivarlo, emprendí el camino de regreso al hotel. Una mujer, sentí que había amado a una mujer. Sentí como me había amado a mi misma en una mujer…o lo había imaginado con el absurdo pretexto de ser mar…era el calor…el agobio…necesitaba una cerveza. O las dos que me bebí sin pensarlo el bar. Necesitaba, como entonces, por liberar la ansiedad tras haber robado una moneda, una partida de comecocos. Empezar y correr cada vez más rápido en un laberinto de puntos pequeños que iban desapareciendo, esquivar cada fantasma, recoger las frutas de colores, tras cada punto gordo que me diera unos segundos, siempre demasiado escasos, para comer fantasmas a mi vez, vaciar el escenario y pasar a una pantalla mejor. Con la edad, había perdido ya la práctica y a los pocos minutos, seguía hacia la calle el estruendo de mi móvil.

Eran ellos, que parecían acabar de darse cuenta de que más allá del televisor había un espacio en el que yo no estaba.

-Ya voy, Juan, ya voy.

Durante la cena, mientras tu amigo se quejaba de que las tías éramos muy raras y tú comentabas que habías salido después de mí para bañarte desnuda en la playa, me atraganté. Empezaron a acecharme, uno a uno, los fantasmas que bebían y comían en la mesa. Les reconocí y bauticé con el nombre de cada uno de mis amigos, recordé la forma de los puntos gordos en tus pupilas, supe por fin su sexo y que tú, habías sido el comienzo de un nuevo laberinto que para mí, acababa de empezar.

-¿Dónde estabas tú? Preguntaste…

Fijé la vista en un punto infinito, como suelo hacer, y como si la línea infinita y mentirosa entre cielo y mar tampoco evitase esta vez que mi mirada resbalara hacia algún otro lugar, me clavé en tus ojos:

-Jugando a los comecocos.

Todos reían y continuaste:

-¿Eso no es el juego de las redonditas que se comen unas a otras?

Ahora era yo quien no podía parar de reír. Todo seguía siendo mentira, como las maquinitas, como el cenimar. Era otra ilusión pero era mía. Era yo quien decidía su color. Y era azul.

Bebí un trago más…

-Mañana te acompaño, que ya no tengo edad para jueguecitos.

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¡He visto una peli entera!

Mayo 30, 2007 at 4:56 pm (Superficial)


Acabo de ver Chocolat, si, ya sé que me ha costado años, pero nunca es tarde, no? estaba haciendo otras cosas y me ha costado mucho concentrarme en ver una pantalla. Los que me conocen saben que tenerme a mi quieta implica varias cosas:

A- Estoy enferma
B- He corrido una carrera de 10 km
C- Llevo “haciendo el amor” todo el día y me he dormido
D- Llevo despierta 20 horas y me he dormido
E- Jugué un partido de fútbol, salí de fiesta, cambié los muebles de sitio, pinté la estantería de otro color, me olvidé de acostarme y me he puesto enferma (no es exageración, eso sucedió una vez).

Bien, pues he visto la película y me ha costado dos días: el primero empecé a verla mientras comía y esperaba que se hiciera la hora del partido. Hoy la he acabado de ver mientras comía, doblaba la ropa y zurcía las medias de una compañera del equipo de fútbol (es que me dijo que las iba a tirar y me dio pena). Y ahora estoy inquieta porque sigo premenstrual, acabo de ver una peli donde todo el mundo se pone de chocolate hasta las trancas Y YO YA TUVE MI DIA DE COMER GUARRO AYER, así que hoy no puedo caer… creo que voy a cambiar los muebles de sitio o algo… Ui, podría ir a la ferretería a comprar algo para rejuntar las baldosas del lavabo, que con masilla no va bien (si, lo he intentado, ya sabía que no duraría, pero lo hice de todos modos porque me aburría muuuuuuuucho).

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Tengo que estar premenstrual, porque si no…

Mayo 29, 2007 at 3:09 pm (Superficial)


Es uno de esos días en los que te propones comer una ensaladita como siempre, pero acabas bebiendo refrescos con gas mientras picas queso con galletas saladas, al cabo no tienes hambre. Te vas a hacer algo y descubres que si tenías más hambre, así que vuelves por unos pepinillos aderezados con chocolate. Te echas unas siesta y cuando despiertas tienes suerte de el helado que has encontrado en el fondo del congelador… no cabe duda, me va a venir la regla. No hay nada más decisivo que esta comida de locos. Ya podía tener molestias el otro día y notar que el roce del cinturón de seguridad en mis pezones era desagradable, ya puedo notar cierta hinchazón, que lo que realmente me indica que mi cuerpo sigue malgastando óvulos es el desorden alimenticio. Por suerte dura un sólo día… si esta noche acabo llorando viendo una película de Lindsay Lohan prometo ir a urgencias, de veras, pero no creo que llegue a tanto…

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“100ml diario de una vendedora” by oldri

Mayo 29, 2007 at 12:11 am (General)

“El trabajo ayuda siempre, puesto que trabajar no es

realizar lo que uno  imaginaba, sino descubrir lo que

uno tiene dentro”.

Boris Pasternak. 

Apagué el primer despertador , calculaba cinco minutos de diferencia entre uno y otro, despertaba, atrasaba cinco minutos la hora en que volvería a avisarme con ese pitido impertinente, esa mañana repetí la operación al menos tres veces en cada uno de los aparatos, finalmente me rendí y me dispuse a volver a la realidad con el ceño fruncido y los párpados hinchados, al poner los pies en el suelo sentí ese dolor familiar en los tobillos, saqué el uniforme de la percha y la americana resbaló a mis pies, todo iba demasiado lento y no disponía de mucho tiempo, correr se hacía necesario. “Que no haga sol, que no haga sol” repetía en voz baja camino de la ducha, la verdad es que me gustaban los días nublados, así sentía que perdía menos encerrada en aquella tienda del centro comercial, no aguantaría allí en verano, era consciente, pero, ¿cómo huir de esa trampa que me había tendido a mi misma? El agua caliente me caía por la cara, era como llorar vapor. El trabajo estaba tan cerca de mi casa que había empezado a aborrecer mi barrio, cinco minutos en coche me separaban de mi infierno particular, el infierno existía a solo  kilómetro y medio de casa y el diablo también estaba allí y se llamaba “Natalie”.La persiana estaba medio abierta, me agaché para entrar y su voz estridente me saludó desde detrás del mostrador:-¡Buenos días guapi! Correspondí al saludo con menos énfasis que ella y entré a dejar mi bolso en el almacén, que realmente era un pasillo con estanterías a ambos lados que llevaba al cuarto de baño. En ese trabajo había que ser rápida, salir con la escoba y el recogedor a la perfumería era como salir al ruedo, solo que el toro no tiene ni idea de lo que le espera.-¿Qué haces? Me gritó como si estuviera cometiendo una falta imperdonable, y la miré esperando la primera estocada de la mañana.- No barras toda la perfumería, eso solo es en navidad, ahora solo recoge con la escoba si ves algún papel, el resto se irá con la fregona.- vale. Dije asintiendo también con la cabeza y pasando por alto bolas de pelusa que rodaban como en el mejor western americano. Ella me observó unos minutos para ver si acataba sus órdenes y volvió a fijar la vista en la hoja de horarios, ahí estaba la primera encargada con su collar Tous, un oso de plata tan grande como mi teléfono móvil de ultima generación, su tinte rubio ceniza, su maquillaje excesivo, la llamábamos “la panda”, porque utilizaba sombra blanca creando alrededor de los ojos un círculo plateado , de lejos parecía que utilizaba gafas, no le hacían falta, lo veía todo, desde cualquier parte y a veces me obsesionaba  la idea de que podía mirar dentro de mi.-¿Qué haces? Esa bolsa de basura aún no está llena y hay que aprovecharla. Volvió a elevar su voz y sus pupilas eran dos bolas de fuego flotando y hundiéndose, buscando el punto justo en su retina. Dejé la bolsa de nuevo en la papelera y fui con paso ligero en busca de la fregona.-          Date prisa hoy hay mucho trabajo. Me ordenó desde su atalaya acristalada.¿Hoy? Pensé y se me escapó una sonrisa. Después de fregar el suelo tocaba pasar el plumero, sin romper la línea imaginaria, un espacio vacío que separaba un palmo una firma de otra, había que fijarse también en que las fragancias formaran una pirámide, los tamaños de cien en medio los de cincuenta y treinta a los lados, el probador en el lado izquierdo… todo eso hubiera sido más fácil si los clientes no removieran todo cada día, y si no faltara tanto género, de cualquier forma luego ella iría repasándolo todo en busca de errores y siempre los encontraba, lo más insignificante se convertía en una tragedia. Si entraba alguien a la tienda debías gritar desde cualquier parte un buenos días, al que la mitad de clientes no respondían, así que mi buenos días parecían contestar al buenos días de ella, la educación era importante. - Buenos días Carlos, ¿cuantos bultos traes hoy? - Hola, hoy sólo quince. Respondió el transportista mientras las ruedas de su carretilla dejaban unas líneas larguísimas de barro sobre el suelo recién fregado.- Hola Carlos. Te ayudo. E hicimos una cadena para colocar las cajas en el almacén.- ¡Esta chica vale un imperio! Exclamó Carlos vistiendo su cara de buena persona con una sonrisa sincera. Y mi jefa le devolvió la sonrisa ladeando la cabeza y poniendo esa cara que solo se les pone a los niños cuando te enternecen y le contestó: - ¡La verdad es que Martita es un cielo! Yo había aprendido a vomitar por dentro, y tenía desde que llegué allí el alma con gastroenteritis, así que siempre hacía lo mismo sonreír y arcada interior, me asustaba mi capacidad para contener tanta bilis, era totalmente consciente de que un día no podría más y la dejaría plantada tras soltarle cualquier improperio, a veces cuando llegaba a casa me ponía a imaginar la situación y me daba por reír, desmaquillarla, cuando la perfumería estuviera en uno de esos momentos avalancha, y la imaginaba tapándose la cara con las dos manos avergonzada, apurada, casi en estado de shock, desnudarle esos labios finísimos de su perfilador Chanel que utilizaba para multiplicar por dos su extensión, una línea de carne roja balbuceante convirtiéndose en un puchero casi imperceptible, una oruga temblorosa … - ¡Martaaaaa! Sal un momento por favor que hay un cliente. Me gritaba desde la tienda y yo dejaba las fragancias que me rebosaban entre los brazos sobre la mesa como si fueran brasas y corría en pos de ese cliente. La primera semana de estar ahí entraba con un zumo en el lavabo y hacía pipí y bebía al mismo tiempo, y movía la cabeza de un lado a otro preguntándome si sería bueno para mi organismo esa confusión de líquido entrando y saliendo a la vez. Por suerte aquella tortura la compartía, trabajaban conmigo dos vendedoras más, Luisa, una ex vendedora de zapatos, que tenía cuarenta años y un niño de dos añitos recién cumplidos, era reconfortante después de convivir horas con la maldad ver el niño entrar directamente a la sección de colonias infantiles y disfrutar de esa sonrisa desnuda aún de picardía, era como abrir una puerta en el mes de agosto y sentarse en la corriente. Luego estaba Iris, una chica de apariencia seria pero con la que conecté rápidamente, tenía un carácter fuerte que no se correspondía con la calma que contagiaban sus ojos, verdes, como un prado perenne. Y finalmente Ana, la segunda encargada, la contraposición a Natalie, Ana a veces se apartaba cuando la jefa nos regañaba, como si no tuviera fuerzas para aguantar la injusticia en primera fila. Había turno de mañana y de tarde de lunes a viernes y el sábado las vendedoras estábamos todo el día , de diez a diez con dos horas para comer, yo coincidía muy a menudo con Natalie, aunque todas soñábamos estar en el turno de Ana, trabajando igualmente pero sin presión. Esa mañana Luisa entraba una hora más tarde, allí preferían que recuperases las horas a pagártelas, así la empresa con esos sueldos ridículos de pagas prorrateadas, crecía y crecía, y cada vez había más tiendas, una por cada centro comercial que abrían nuevo.-¡Buenos Días! Dijo Luisa, caminaba y su cola de caballo se balanceaba como un péndulo de luz, entró al almacén a dejar el bolso y salió rápidamente a la tienda. - ¿Cómo está el ambiente hoy? Preguntó temerosa mirando a la jefa. - Parece que hoy vino torcida. Le contesté mientras pasaba el plumero por una de las góndolas. - ¡Pues vaya! Exclamó juntando sus manos, nerviosa como un hámster. Natalie nos llamó a las dos yo me encargaría de sacar el género de las cajas, cotejarlo con una lista de referencias que iba incluida en cada una de ellas y alarmar el producto y Luisa se encargaría de colocar las fragancias en las estanterías. Me relajaba esa labor, abrir las cajas con un cúter e ir haciendo un circulo a bolígrafo sobre el folio, L’Eau d’Issey 75 ml………..1 y círculo sobre el número, luego cogía la colonia y le hacía una rajita con el cúter en el plástico, en la abertura del cartón, en la parte de abajo del producto, sutil , casi invisible , como una cirujana experta, e introducía una alarma finísima como una hebra de metal, después pegaba una alarma adhesiva en el celofán de fuera y colocaba la fragancia en una cesta de aluminio, y ese ritual me mantenía lejos de todo, me postraba en tal estado de concentración que olvidaba el ruido, el olor a bergamota y flores mezclado de mil fragancias diferentes e incompatibles, a Natalie con su ronroneo formado por palabras como reafirmante, colágeno, barrera natural de hidratación, lípidos, textura y tantos otros términos que flotaban , que se encadenaban en su intento por vender cosmética a señoras de edad avanzada con pelucas crepadas. Me abstraía tanto que a veces era peligroso. - ¡Marta sal un momento por favor! Su grito me devolvió a la realidad, dos chicos marroquíes probaban 212 de Carolina Herrera, Luisa estaba ante el mueble de colorido de Estee Lauder explicándole a una chica como aplicarse un iluminador y Natalie envolvía una fragancia para regalo, así que sacudiéndome aún el polvo de las cajas me dirigí hacia los chicos para ver si podía ayudarles aunque mi jefa lo que creía es que eran ladrones de guante blanco. Tras probarles a los muchachos quince fragancias en secantes y marearlos con los efluvios etílicos salieron de la tienda y mi jefa ya desocupada, me llamó. - Marta cariño ¿puedes venir un  momento? La palabra cariño solía ir acompañada de una reprimenda, Luisa me miró por encima de los labiales de temporada con los ojos muy abiertos como si la bronca fuera para ella. El camino hacía el mostrador se me antojó interminable, era como una de esas pesadillas que avanzas sin adelantar, me sirvió la distancia que nos separaba para irme mentalizando, “diga lo que diga no le contestes, diga lo que diga no le dejes que te hiera” - Vamos a ver cariño, si Luisa está atendiendo y yo también, tú aunque estés en el almacén tienes que estar pendiente de la gente que entra a la tienda, cuando nos envíen el parte de robos, veréis como falta de todo, y no podemos permitirlo, así que si estás sacando género quiero que también mires quién entra y dejas lo que estás haciendo y sales a atender, pero la próxima vez que no sea yo quien te avise, vamos… yo creo que sabes hacer dos cosas a la vez , ¿No?. Eso ¿era una pregunta? , pensé mientras intentaba no replicarle mordiéndome la parte interna del moflete. - Vale. Contesté asintiendo con la cabeza para darle más solidez a mi afirmación. Una mujer que se probaba un esmalte de uñas sobre el pulgar levantó la cabeza y me miró compadeciéndose y su mirada me hizo sentirme peor, esa mirada me daba la razón, un calor que reconocí de otros días me fue subiendo desde el estómago, entré en el almacén y guardé mi arcada. La puerta que daba a la tienda era un espejo ,así que con un pie apoyado en ella para que no se cerrara, mirando de soslayo a la tienda alarmaba las fragancias, contaba perfiladores de labios, rompía cajas y las convertía en láminas de cartón, apilaba maletines de pinturas metálicos junto a la mesa, no sin antes quitarles de el asa una especie de protección de espumilla blanca, fue mientras cortaba una de esas espumillas cuando nació en mi Midori, la espuma llevaba unas letras impresas en japonés, guardé sigilosamente aquel trocito blando en el que se veía una caligrafía oriental de trazos rápidos y pensé que alguien como yo, a miles de kilómetros, se sentía igual de asfixiada, imaginé sus manos envolviendo el asa con prisas, manos terriblemente blancas de uñas cortas con lunas rosadas. Midori bajaba la cabeza cada vez que su jefa le regañaba y se mordía ligeramente el labio inferior, una vez en casa se asomaba a la ventana a mirar los tejados, por si su gato decidía volver, siempre volvía, tarde o temprano aparecería con un arañazo nuevo y grasa del motor de un coche en el lomo. Fui creando a Midori cada día, imaginando que su vida era peor que la mía, era un absurdo consuelo, pero me hacía sentirme mejor. - ¡Martaaa! La voz de Natalie me hizo dar un respingo y apunto estuve de cortarme un dedo con el cúter. - Dime. Dije asomando mi cabeza a la tienda. - ¡Hay que ir al banco venga! Una vez por semana teníamos que ir a ingresar el dinero de la caja al banco, en una bolsa de papel con el logo de la perfumería salíamos a la puerta a esperar que viniera el taxi, era una tarea peligrosa, a la que no podíamos negarnos so pena de que la renovación del siguiente contrato no se llevara a cabo. Ese día llevaba poco dinero, unos seis mil euros, el taxista nada más verme me dijo: - ¿Vamos a ingresar al banco?  A lo que le contesté algo aturdida que no, que solo iba por cambio. Cuando volví del banco le dije a Natalie: - ¿Y si un día nos atracan? Me miró con cara de “eso-no-puede-ser-niña-torpe”, de medio lado, con la superioridad en el vértice elevado de su ceja y me contestó: - Si te roban se te despide. - O sea que ¿tendré que decirle al ladrón que me pegue o algo para no ser sospechosa de haberme quedado el dinero?-  Vigila a aquellos que han entrado. Y me dirigí a una pareja de jubilados que se perfumaban con Yves Saint Laurent, él con Paris y ella con Kouros, menuda intuición…  

«Vender es el proceso mediante el cual el vendedor consigue que el cliente piense o actúe de una manera no prevista por él. Y en beneficio de ambos».  

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El reino de los tristes

Mayo 28, 2007 at 7:23 pm (Pensamientos)


Al parecer sólo estás a salvo cuando ya no necesitas a nadie, pero mucho me temo que eso viene a ser sinónimo de no existir. Así que mientras seamos dependientes de afectos externos podemos prepararnos para sufrir. Pobre de aquel o de aquella que necesite de sus congéneres para sentirse bien, para saber que le quieren, que importa, que tiene valor para alguien. Pobre de aquella o de aquel que esté esperando palabras de aliento de otra persona, porque de él será el reino de los tristes. Y en ese maldito reino permanecerá hasta que su corazón sea tan duro que sirva para partir piedras. En ese punto y momento estará preparado o preparada para esta vida… y en ese punto y momento todos diremos que está muerto.

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lA Mujer de Fuego, la mujer de arena. Por eo

Mayo 26, 2007 at 12:36 pm (General)

La mujer de fuego:
Había una vez una mujer que fue de fuego. Era una mujer pero era un bosque. Cada árbol, sus amigos, su trabajo, sus manías, sus recuerdos… la tierra, el latido constante de su corazón. O a veces sentir aquello de ser un bosque, de ser un árbol… de ser.

El cambio climático, o una racha de mala suerte. Un incendio devastó todo lo que tenía. En cuestión de horas, de días o de meses, solo quedaba la tierra. ¿Cuántas cosas esconde la tierra? Cuantos bosques sobreviven a cada incendio.
Nunca había visto el fuego, las llamas en los ojos, ese color anaranjado y amarillo cuya fuerza escapa a cualquier esfuerzo imaginativo. Y se enamoró al instante porque era lo más parecido a la propia vida que nunca había conocido.
Disfrutó al quemarse, al dejarse llevar por aquella fuerza sobrenatural, aquel fluir constante, más poderoso que cualquier droga. Disfrutó cada caricia, cada beso, cada latido como si fuesen almohadas tibias sobre su corazón.

Así se sintió y así vivió hasta que la última de las llamas de apagó.

Es una mujer de fuego. Ha vivido en él. Pero es (y lo sabe) también de tierra, del agua que la recorre sin parar. El bosque que le quemaron era digamos que, cómodo. Piensa ahora… mujer en ascuas, en la próxima selva en que se convertirá, en el próximo incendio que vendrá…

Piensa también en que cuanto más grande sea el bosque, más difícil será perder.

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