“El trabajo ayuda siempre, puesto que trabajar no es
realizar lo que uno imaginaba, sino descubrir lo que
uno tiene dentro”.
Boris Pasternak.
Apagué el primer despertador , calculaba cinco minutos de diferencia entre uno y otro, despertaba, atrasaba cinco minutos la hora en que volvería a avisarme con ese pitido impertinente, esa mañana repetí la operación al menos tres veces en cada uno de los aparatos, finalmente me rendí y me dispuse a volver a la realidad con el ceño fruncido y los párpados hinchados, al poner los pies en el suelo sentí ese dolor familiar en los tobillos, saqué el uniforme de la percha y la americana resbaló a mis pies, todo iba demasiado lento y no disponía de mucho tiempo, correr se hacía necesario. “Que no haga sol, que no haga sol” repetía en voz baja camino de la ducha, la verdad es que me gustaban los días nublados, así sentía que perdía menos encerrada en aquella tienda del centro comercial, no aguantaría allí en verano, era consciente, pero, ¿cómo huir de esa trampa que me había tendido a mi misma? El agua caliente me caía por la cara, era como llorar vapor. El trabajo estaba tan cerca de mi casa que había empezado a aborrecer mi barrio, cinco minutos en coche me separaban de mi infierno particular, el infierno existía a solo kilómetro y medio de casa y el diablo también estaba allí y se llamaba “Natalie”.La persiana estaba medio abierta, me agaché para entrar y su voz estridente me saludó desde detrás del mostrador:-¡Buenos días guapi! Correspondí al saludo con menos énfasis que ella y entré a dejar mi bolso en el almacén, que realmente era un pasillo con estanterías a ambos lados que llevaba al cuarto de baño. En ese trabajo había que ser rápida, salir con la escoba y el recogedor a la perfumería era como salir al ruedo, solo que el toro no tiene ni idea de lo que le espera.-¿Qué haces? Me gritó como si estuviera cometiendo una falta imperdonable, y la miré esperando la primera estocada de la mañana.- No barras toda la perfumería, eso solo es en navidad, ahora solo recoge con la escoba si ves algún papel, el resto se irá con la fregona.- vale. Dije asintiendo también con la cabeza y pasando por alto bolas de pelusa que rodaban como en el mejor western americano. Ella me observó unos minutos para ver si acataba sus órdenes y volvió a fijar la vista en la hoja de horarios, ahí estaba la primera encargada con su collar Tous, un oso de plata tan grande como mi teléfono móvil de ultima generación, su tinte rubio ceniza, su maquillaje excesivo, la llamábamos “la panda”, porque utilizaba sombra blanca creando alrededor de los ojos un círculo plateado , de lejos parecía que utilizaba gafas, no le hacían falta, lo veía todo, desde cualquier parte y a veces me obsesionaba la idea de que podía mirar dentro de mi.-¿Qué haces? Esa bolsa de basura aún no está llena y hay que aprovecharla. Volvió a elevar su voz y sus pupilas eran dos bolas de fuego flotando y hundiéndose, buscando el punto justo en su retina. Dejé la bolsa de nuevo en la papelera y fui con paso ligero en busca de la fregona.- Date prisa hoy hay mucho trabajo. Me ordenó desde su atalaya acristalada.¿Hoy? Pensé y se me escapó una sonrisa. Después de fregar el suelo tocaba pasar el plumero, sin romper la línea imaginaria, un espacio vacío que separaba un palmo una firma de otra, había que fijarse también en que las fragancias formaran una pirámide, los tamaños de cien en medio los de cincuenta y treinta a los lados, el probador en el lado izquierdo… todo eso hubiera sido más fácil si los clientes no removieran todo cada día, y si no faltara tanto género, de cualquier forma luego ella iría repasándolo todo en busca de errores y siempre los encontraba, lo más insignificante se convertía en una tragedia. Si entraba alguien a la tienda debías gritar desde cualquier parte un buenos días, al que la mitad de clientes no respondían, así que mi buenos días parecían contestar al buenos días de ella, la educación era importante. - Buenos días Carlos, ¿cuantos bultos traes hoy? - Hola, hoy sólo quince. Respondió el transportista mientras las ruedas de su carretilla dejaban unas líneas larguísimas de barro sobre el suelo recién fregado.- Hola Carlos. Te ayudo. E hicimos una cadena para colocar las cajas en el almacén.- ¡Esta chica vale un imperio! Exclamó Carlos vistiendo su cara de buena persona con una sonrisa sincera. Y mi jefa le devolvió la sonrisa ladeando la cabeza y poniendo esa cara que solo se les pone a los niños cuando te enternecen y le contestó: - ¡La verdad es que Martita es un cielo! Yo había aprendido a vomitar por dentro, y tenía desde que llegué allí el alma con gastroenteritis, así que siempre hacía lo mismo sonreír y arcada interior, me asustaba mi capacidad para contener tanta bilis, era totalmente consciente de que un día no podría más y la dejaría plantada tras soltarle cualquier improperio, a veces cuando llegaba a casa me ponía a imaginar la situación y me daba por reír, desmaquillarla, cuando la perfumería estuviera en uno de esos momentos avalancha, y la imaginaba tapándose la cara con las dos manos avergonzada, apurada, casi en estado de shock, desnudarle esos labios finísimos de su perfilador Chanel que utilizaba para multiplicar por dos su extensión, una línea de carne roja balbuceante convirtiéndose en un puchero casi imperceptible, una oruga temblorosa … - ¡Martaaaaa! Sal un momento por favor que hay un cliente. Me gritaba desde la tienda y yo dejaba las fragancias que me rebosaban entre los brazos sobre la mesa como si fueran brasas y corría en pos de ese cliente. La primera semana de estar ahí entraba con un zumo en el lavabo y hacía pipí y bebía al mismo tiempo, y movía la cabeza de un lado a otro preguntándome si sería bueno para mi organismo esa confusión de líquido entrando y saliendo a la vez. Por suerte aquella tortura la compartía, trabajaban conmigo dos vendedoras más, Luisa, una ex vendedora de zapatos, que tenía cuarenta años y un niño de dos añitos recién cumplidos, era reconfortante después de convivir horas con la maldad ver el niño entrar directamente a la sección de colonias infantiles y disfrutar de esa sonrisa desnuda aún de picardía, era como abrir una puerta en el mes de agosto y sentarse en la corriente. Luego estaba Iris, una chica de apariencia seria pero con la que conecté rápidamente, tenía un carácter fuerte que no se correspondía con la calma que contagiaban sus ojos, verdes, como un prado perenne. Y finalmente Ana, la segunda encargada, la contraposición a Natalie, Ana a veces se apartaba cuando la jefa nos regañaba, como si no tuviera fuerzas para aguantar la injusticia en primera fila. Había turno de mañana y de tarde de lunes a viernes y el sábado las vendedoras estábamos todo el día , de diez a diez con dos horas para comer, yo coincidía muy a menudo con Natalie, aunque todas soñábamos estar en el turno de Ana, trabajando igualmente pero sin presión. Esa mañana Luisa entraba una hora más tarde, allí preferían que recuperases las horas a pagártelas, así la empresa con esos sueldos ridículos de pagas prorrateadas, crecía y crecía, y cada vez había más tiendas, una por cada centro comercial que abrían nuevo.-¡Buenos Días! Dijo Luisa, caminaba y su cola de caballo se balanceaba como un péndulo de luz, entró al almacén a dejar el bolso y salió rápidamente a la tienda. - ¿Cómo está el ambiente hoy? Preguntó temerosa mirando a la jefa. - Parece que hoy vino torcida. Le contesté mientras pasaba el plumero por una de las góndolas. - ¡Pues vaya! Exclamó juntando sus manos, nerviosa como un hámster. Natalie nos llamó a las dos yo me encargaría de sacar el género de las cajas, cotejarlo con una lista de referencias que iba incluida en cada una de ellas y alarmar el producto y Luisa se encargaría de colocar las fragancias en las estanterías. Me relajaba esa labor, abrir las cajas con un cúter e ir haciendo un circulo a bolígrafo sobre el folio, L’Eau d’Issey 75 ml………..1 y círculo sobre el número, luego cogía la colonia y le hacía una rajita con el cúter en el plástico, en la abertura del cartón, en la parte de abajo del producto, sutil , casi invisible , como una cirujana experta, e introducía una alarma finísima como una hebra de metal, después pegaba una alarma adhesiva en el celofán de fuera y colocaba la fragancia en una cesta de aluminio, y ese ritual me mantenía lejos de todo, me postraba en tal estado de concentración que olvidaba el ruido, el olor a bergamota y flores mezclado de mil fragancias diferentes e incompatibles, a Natalie con su ronroneo formado por palabras como reafirmante, colágeno, barrera natural de hidratación, lípidos, textura y tantos otros términos que flotaban , que se encadenaban en su intento por vender cosmética a señoras de edad avanzada con pelucas crepadas. Me abstraía tanto que a veces era peligroso. - ¡Marta sal un momento por favor! Su grito me devolvió a la realidad, dos chicos marroquíes probaban 212 de Carolina Herrera, Luisa estaba ante el mueble de colorido de Estee Lauder explicándole a una chica como aplicarse un iluminador y Natalie envolvía una fragancia para regalo, así que sacudiéndome aún el polvo de las cajas me dirigí hacia los chicos para ver si podía ayudarles aunque mi jefa lo que creía es que eran ladrones de guante blanco. Tras probarles a los muchachos quince fragancias en secantes y marearlos con los efluvios etílicos salieron de la tienda y mi jefa ya desocupada, me llamó. - Marta cariño ¿puedes venir un momento? La palabra cariño solía ir acompañada de una reprimenda, Luisa me miró por encima de los labiales de temporada con los ojos muy abiertos como si la bronca fuera para ella. El camino hacía el mostrador se me antojó interminable, era como una de esas pesadillas que avanzas sin adelantar, me sirvió la distancia que nos separaba para irme mentalizando, “diga lo que diga no le contestes, diga lo que diga no le dejes que te hiera” - Vamos a ver cariño, si Luisa está atendiendo y yo también, tú aunque estés en el almacén tienes que estar pendiente de la gente que entra a la tienda, cuando nos envíen el parte de robos, veréis como falta de todo, y no podemos permitirlo, así que si estás sacando género quiero que también mires quién entra y dejas lo que estás haciendo y sales a atender, pero la próxima vez que no sea yo quien te avise, vamos… yo creo que sabes hacer dos cosas a la vez , ¿No?. Eso ¿era una pregunta? , pensé mientras intentaba no replicarle mordiéndome la parte interna del moflete. - Vale. Contesté asintiendo con la cabeza para darle más solidez a mi afirmación. Una mujer que se probaba un esmalte de uñas sobre el pulgar levantó la cabeza y me miró compadeciéndose y su mirada me hizo sentirme peor, esa mirada me daba la razón, un calor que reconocí de otros días me fue subiendo desde el estómago, entré en el almacén y guardé mi arcada. La puerta que daba a la tienda era un espejo ,así que con un pie apoyado en ella para que no se cerrara, mirando de soslayo a la tienda alarmaba las fragancias, contaba perfiladores de labios, rompía cajas y las convertía en láminas de cartón, apilaba maletines de pinturas metálicos junto a la mesa, no sin antes quitarles de el asa una especie de protección de espumilla blanca, fue mientras cortaba una de esas espumillas cuando nació en mi Midori, la espuma llevaba unas letras impresas en japonés, guardé sigilosamente aquel trocito blando en el que se veía una caligrafía oriental de trazos rápidos y pensé que alguien como yo, a miles de kilómetros, se sentía igual de asfixiada, imaginé sus manos envolviendo el asa con prisas, manos terriblemente blancas de uñas cortas con lunas rosadas. Midori bajaba la cabeza cada vez que su jefa le regañaba y se mordía ligeramente el labio inferior, una vez en casa se asomaba a la ventana a mirar los tejados, por si su gato decidía volver, siempre volvía, tarde o temprano aparecería con un arañazo nuevo y grasa del motor de un coche en el lomo. Fui creando a Midori cada día, imaginando que su vida era peor que la mía, era un absurdo consuelo, pero me hacía sentirme mejor. - ¡Martaaa! La voz de Natalie me hizo dar un respingo y apunto estuve de cortarme un dedo con el cúter. - Dime. Dije asomando mi cabeza a la tienda. - ¡Hay que ir al banco venga! Una vez por semana teníamos que ir a ingresar el dinero de la caja al banco, en una bolsa de papel con el logo de la perfumería salíamos a la puerta a esperar que viniera el taxi, era una tarea peligrosa, a la que no podíamos negarnos so pena de que la renovación del siguiente contrato no se llevara a cabo. Ese día llevaba poco dinero, unos seis mil euros, el taxista nada más verme me dijo: - ¿Vamos a ingresar al banco? A lo que le contesté algo aturdida que no, que solo iba por cambio. Cuando volví del banco le dije a Natalie: - ¿Y si un día nos atracan? Me miró con cara de “eso-no-puede-ser-niña-torpe”, de medio lado, con la superioridad en el vértice elevado de su ceja y me contestó: - Si te roban se te despide. - O sea que ¿tendré que decirle al ladrón que me pegue o algo para no ser sospechosa de haberme quedado el dinero?- Vigila a aquellos que han entrado. Y me dirigí a una pareja de jubilados que se perfumaban con Yves Saint Laurent, él con Paris y ella con Kouros, menuda intuición…
«Vender es el proceso mediante el cual el vendedor consigue que el cliente piense o actúe de una manera no prevista por él. Y en beneficio de ambos».